El vampiro de Düsseldorf y mi mesita de noche

¿Por qué la literatura escrita por mujeres se parece más a una película de Fritz Lang que a un reel de Instagram?

POR Juliana Enciso

Noviembre 14 2025
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Intervención del póster de la película "M, el vampiro de Düsseldorf" (1931), de Fritz Lang

En mi última visita a Bogotá, durante la FILBo 2025, una editora me abordó en medio del caos que es la feria un domingo. Mientras yo curioseaba en su stand, me lanzó un par de preguntas que, aunque podrían tacharse como un lugar común, siguen siendo el síntoma de una idea poderosa y pertinente, en particular en este siglo que nos reta con la urgencia de hallar otras narrativas como especie:

–Juli, con sinceridad, ¿qué distingue la escritura de las mujeres hoy? ¿Y por qué atrae tanto a los lectores? Te pregunto porque son las que más se venden. Uno sabe que esa es la lógica del mercado, pero es bueno preguntarle a quien no está detrás del mostrador.

Más allá de la respuesta fácil sobre la moda o la evidente reivindicación tras siglos de silencio, mi contestación no tomó forma frente a ella en la feria, ni mientras veía llover desde la salida de los pabellones. La respuesta me llegó después, en la oscuridad de mi cuarto con aire acondicionado y el control remoto sobre las piernas, tras ver una película de hace casi cien años. Entendí que leer a las escritoras de hoy es como ver M, el vampiro de Düsseldorf (1931), el filme de Fritz Lang sobre un asesino en serie de niñas.

El riesgo de la pasividad, la invitación a la experiencia más allá del juicio plano (correcto/incorrecto, bueno/malo), la presencia de un gesto, de un cuerpo que habla en el espacio: esos son los elementos comunes en las lecturas que me cautivan. Al pensar en esto, miré los libros apilados en mi mesita de noche: Clarice Lispector, Shirley Jackson, Leonora Carrington, Andrea Mejía, Valeria Luiselli… Sus escrituras, como esta película expresionista, entrañan un riesgo estético y vital. Son experiencias que retan las estructuras narrativas convencionales y el lenguaje mismo. Estas lecturas, además, tienen cuerpos, objetos macizos y jugosos dentro de sí.

Revisé si el televisor estaba en mudo. En la película, los ojos, las bocas, las manos y las sombras pueden ocupar la pantalla en un primer plano silencioso por treinta segundos, incluso un minuto, sin música ni voz. No es una experiencia controlada por un narrador que se aventura en la mente de un personaje o en el corazón de la locura. Como en este filme, en las escritoras que me asombran hallo espacios abiertos por el lenguaje. Aquí, las paredes, un techo en ruinas, un apartamento, un huevo o una ballena respiran, pulposos y opacos. Al leerlas, siento que entro a un momento, a un tejido, a un evento donde lo importante no es cómo termina, sino lo que sucede ahí, en ese instante de la lectura. Sus escrituras son una “experiencia” que, fiel a la etimología de la palabra (del latín experiri, ex, que sería salir, y periri que es peligro e intentar), nos sacan de la predictibilidad de las redes sociales –donde las palabras son simples mandaderas– para convertirlas en un material conductor de calor o de frío.

 

Póster original de M, el vampiro de Düsseldorf (1931).

 

Nos arrancan de lo cómodo y nos arrojan a aquello que no se explica. Se sienten con la piel, con los recuerdos, con los pelos de punta en la nuca, con lo que el estómago sí puede recordar. Me acuerdo de las ballenas de la poeta Isabel Zapata, que tienen contornos borrosos como un país y cuyo corazón es del tamaño de un carro pequeño. De la rabia asesina y las uñas sucias de Merricat en la novela de Shirley Jackson, inventando rituales para alejar al pueblo. De la excitación y el asco ante el padre seductor en un cuento de Liliana Blum.

Sus escrituras están hechas de sonidos y texturas; están hechas de cuerpo, y con el cuerpo vienen la ambivalencia, la vibración y todo lo que se siente hacia adentro pero no se ve. Así como podemos sentir un breve momento de piedad por el asesino de Lang cuando se arrodilla ante la cámara y ruega a la multitud, explicando que su impulso es algo que lo traspasa, estas escritoras traen la “mugre”, las voces incómodas, la contradicción esencial de la naturaleza siniestra y temerosa del ser humano. Leerlas me libera del peso de dividir el mundo entre enemigos y aliados.

Semejante a M, donde es difícil distinguir los límites entre el negro, el gris y el blanco, entre un cuerpo y una sombra, en estas escritoras veo un riesgo semejante en sus maneras de contar, poetizar y pensar. Veo esa audacia en cómo difuminan las fronteras entre géneros y formas. Desde la primera persona, y la mezcla del dato histórico para contar una memoria, como en los proyectos de Valeria Luiselli, que atraviesan ciudades y ruinas con lo personal, pasando por las narrativas de Jhumpa Lahiri, donde a veces dudo si estoy ante un fragmento o una pieza completa, hasta Las extraterrestres, de Juliana Borrero, en que la ira se narra con cuadros, canciones e incluso una lista de Excel, estas propuestas nos invitan a nosotras, las cansadas del hiperrealismo de las imágenes, a lugares donde se puede errar.

Me imagino qué habría dicho uno de mis profesores hace dos décadas si hubiera leído a Luiselli y sus intrusiones personales en la historia o la lista de Excel con la que Borrero describe la relación de su narradora con el “mundo”, que es a fin de cuentas el exmarido. Sus elecciones de disolver las fronteras, ajenas a la obsesión de los narradores omniscientes por tener la razón, me ofrecen la libertad del error y de lo no familiar. Me dan la posibilidad de la especulación, de ser parte del tejido de la historia. Y como mujer que vive en el Caribe, esa transgresión es un alivio. Estoy cansada de la limitación al espacio doméstico, mientras todo lo que entra por las ventanas del teléfono sobre el mundo abierto está lleno de odio y es tóxico para las mujeres que toman el bus y caminan por las calles en las ciudades de la costa.

Semanas después de aquel encuentro, pienso que esta respuesta mía es visceral. Que mi afición por leer a estas autoras es un evento afortunado forjado por el agotamiento. Con los años descubro que, más que una decisión política consciente, mi búsqueda –a veces bulímica– de sus obras tiene que ver con el cansancio que me produce, como dice Rebecca Solnit, que los hombres en su escritura quieran explicármelo todo. O que las mujeres, disfrazadas de “hombres incompletos” –como las llama Ursula K. Le Guin–, escriban en tercera persona porque esa era la forma para ser validadas.

Al final, lo que las distingue del viaje de Ulises y de las historias del héroe que nos enseñaron en las facultades de literatura es que en ellas hay una incomodidad, un encierro, un ahondar debajo de la piel que es una lucha volver palabras. Ellas escriben desde las particularidades que nos unen a algo más grande y terrenal, como comerse un mango y sentir el jugo luminoso azucarado sobre una camiseta blanca, o secarse el sudor antes de cruzar la calle y ver a la gente caminar con ojos de pájaro preocupado en la hora rosada en que las cotorras vuelan.

¿Posdata? 

Este gusto por el riesgo de las escritoras, así como poder ver esa joya del expresionismo alemán incrustada en medio de la basura nocturna del streaming, no ha venido solo. Ha sido instigado por las librerías pequeñas de barrio, por las recomendaciones de libreras y libreros convencidos de que un buen libro puede cambiar un mundo. Viene del oído abierto de las editoriales independientes hacia las reediciones y las exploraciones estéticas del libro como objeto. Su riesgo es posible porque, en contra de la estandarización con storytelling comercial, existe un tejido comunitario que permite que hoy podamos ir hacia ellas.

Al final, lo que las hace para mí tan atractivas como lectora y compradora de libros (y, en algunos casos, tan atractivos, porque también los hay en la literatura masculina) es que estas escrituras me regresan al contacto con lo no humano y lo humano a partir de la intuición y el retorno a la materialidad. Me dan el don de la atención a los nombres de las plantas, las mareas, el ritmo de lo animal, la consciencia de lo inorgánico y el acceso a lo invisible a través de las palabras y los silencios explorados en sus propuestas como poetas, ensayistas, cronistas y narradoras. En pocas palabras, le diría a esa editora que las compro porque esos libros me dan aire, lentitud, imperfección y compañía, elementos escasos en una época de gimnasios a las cinco de la mañana y maratones de Netflix hasta la medianoche. 

ACERCA DEL AUTOR


(Bogotá, 1979). Doctora en lengua y literatura hispánica y certificada en estudios culturales por la Universidad de Pittsburgh. Incluida en más de una docena de antologías y revistas digitales, ha publicado ensayos y cuatro poemarios, entre ellos Derivas de la piel (Mackandal Editores, 2020) y Diario de las dos veces (Valparaíso Editores, 2024). Algunos de sus poemas han sido traducidos al alemánComo directora y cofundadora del Proyecto de Crítica Literaria de Autores y Autoras del Caribe: Aluvión, recibió dos veces consecutivas, en 2020 y 2021, la Beca en Crítica y Periodismo Cultural del Ministerio de Cultura de Colombia. En 2024 fue residente invitada del programa internacional de residencias artísticas Can Serrat en Barcelona. En el mismo año su libro Diario de las dos veces fue elegido en dos de los top 5 de la revista Gaceta del Ministerio de las Culturas y los Saberes como uno de los mejores libros de literatura colombiana. Actualmente es miembro del Colectivo Artístico Brurráfalos en Barranquilla.

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